EL PINTOR
Solté el pincel y retrocedí para ganar perspectiva sobre mi cuadro. Tenía las yemas de los dedos endurecidas, tanto que se me habían formado unas horribles callosidades, pero incluso las durezas se habían rendido, se habían abierto y comenzaban a sangrar.
La mezcla de los distintos tonos de óleos no cumplía con ninguna teoría del color, algo que me traía sin cuidado. Si quieres crear algo nuevo, no puedes ajustarte a las normas establecidas.
Llamé a mi primo, él es el único que me da su opinión real sin tratar de adularme, así que se presentó allí en menos de dos horas. Para cuando llegó, ya tenía vendados los dedos y me puse los guantes, como siempre hacía, para evitar preguntas.
—¿Es una soberana mierda? —le pregunté, pero el muy mamón seguía mirando el cuadro, de arriba abajo, sin soltar palabra.
Solo emitió un gruñidito de desaprobación que me puso bastante nervioso.
—Dime lo que piensas, sin paliativos.
—Siempre lo hago, Vincent. Solo déjame terminar.
Levanté las manos para estrangularlo, por Dios que tenía ganas de dejarlo seco, pero terminé mostrándole las palmas y eché un paso atrás.
Sacó el móvil y se puso a buscar, yo tuve que salirme y me serví un vaso de espabilaviejas, un licor casero a base de lentejas y romero que yo mismo destilaba. Se puso a hablar con alguien, supongo que su amigo del Louvre o el del Metropolitano, y me llamó nada más colgar.
Se quedó mirándome con ojos de hipopótamo y soltó un bufido.
—Criptomnesia —dijo, como si yo fuera un jodido filólogo.
—¿Qué cojones quiere decir eso?
—Este cuadro no es original.
—¿Cómo que no? ¡Pero si acabo de terminarlo hace apenas unas horas!
—No me refiero a eso. El problema de tu obra es que crees que has tenido una idea original, única, pero ya viste un cuadro así en el 98, cuando viajamos a la India.
Me tendió su teléfono y yo lo observé sin cogerlo. Tuve que empujar el puente de mis gafas hasta que hizo tope entre mis dos cejas y, aún así, no conseguía ver nada.
—Perdona —soltó, el muy gilipollas—, se ha apagado la pantalla.
Me quedé bloqueado, sin saber qué decir, qué hacer. Jean me sujetó por el hombro.
—Es el perro, lo demás está bien. El color me gusta y la técnica, bueno, sin duda es un cuadro tuyo, pero ese perro abierto en canal y la gente comiendo sus tripas con palillos, esa parte de la escena, es igual que la de ese cuadro.
—Joder, Jean. Eres un pedazo de cabrón.
—Lo siento, Vincent. ¿Qué quieres hacer? ¿Vas a arreglarlo?
—No, quémalo —le dije—. No quiero volver a verlo.
El malnacido salió de mi casa con la cara seria, como si de verdad le importase que yo hubiera dedicado los dos últimos meses de mi vida a crear aquella obra. Tendría que haberlo matado en aquel momento, todo hubiera sido más fácil. Ojalá lo hubiera degollado mientras metía el cuadro en el maletero.
—¿Estás seguro de que quieres que lo queme? —me volvió a preguntar el hijo de mil madres.
—Vete ya, antes de que me arrepienta —contesté.
Medio año después recibí el comunicado de un marchante de arte que conocí en Viena. Jean había estado vendiendo mis cuadros a escondidas, en lugar de deshacerse de ellos. Lo único que me consoló fue que había conseguido colocarlos por cifras astronómicas y las otras obras, las de las galerías de arte, se habían revalorizado.
Cuando terminé el siguiente cuadro lo invité a mi casa para que le diera el visto bueno. Él no tardó mucho en llegar, algo menos de dos horas, como siempre. Sabía que me iba a decir que era bueno, porque realmente lo era y se vendió por más de medio millón de euros. Lo que Jean no sabía era que iba a rajarlo en canal y a comerme sus vísceras con palillos.
Pero eso…, eso ya es otra historia.
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