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EL PINTOR

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Solté el pincel y retrocedí para ganar perspectiva sobre mi cuadro. Tenía las yemas de los dedos endurecidas, tanto que se me habían formado unas horribles callosidades, pero incluso las durezas se habían rendido, se habían abierto y comenzaban a sangrar. La mezcla de los distintos tonos de óleos no cumplía con ninguna teoría del color, algo que me traía sin cuidado. Si quieres crear algo nuevo, no puedes ajustarte a las normas establecidas. Llamé a mi primo, él es el único que me da su opinión real sin tratar de adularme, así que se presentó allí en menos de dos horas. Para cuando llegó, ya tenía vendados los dedos y me puse los guantes, como siempre hacía, para evitar preguntas. —¿Es una soberana mierda? —le pregunté, pero el muy mamón seguía mirando el cuadro, de arriba abajo, sin soltar palabra. Solo emitió un gruñidito de desaprobación que me puso bastante nervioso. —Dime lo que piensas, sin paliativos. —Siempre lo hago, Vincent. Solo déjame terminar. Levanté las manos para e...